Era San José, como creen muchos autores, de muy hermosa estatura; su aspecto venerable, lleno de belleza y majestad, de gallarda presencia y rara modestia. Nadie podía mirar á San José sin que el corazón se sintiese herido de sus maravillosos atractivos. Fue dotado de apacible trato, de noble y compasivo corazón, de gran cordura y genio dulcísimo.
Este Santo Patriarca tuvo en sumo grado todas las virtudes; gran fe, gran esperanza y grandísima caridad, virginal y celestial pureza, profundísima humildad, perfectísima obediencia, rara simplicidad, singular prudencia, maravillosa fortaleza y constancia, increíble paciencia y mansedumbre, vigilancia cuidadosa, solícita providencia, y un recogidísimo silencio: no leemos en todo el Evangelio palabra que haya hablado San José; porque no era hombre de palabras sino de obras.
Testigo de las maravillas de Dios, muerto al mundo y á la carne, amador de la vida oculta, santísimo en todo, es San José la gloria y ornamento de todos los justos y bienaventurados, esperanza de nuestra vida y columna que sostiene el mundo. En todo, para deciros en una palabra, es San José semejante a Jesús y á María, que fueron dotados en sumo grado de belleza, gracia y santidad, delante de Dios y de los hombres.
Oh Padre adoptivo de Jesús, virginal esposo de María, patrón de la Iglesia Universal, protector de los moribundos, tesorero y dispensador de las gracias del Rey de la Gloria, jefe de la Sagrada Familia, depositario de la gran familia cristiana, el hombre más amado y amante de Dios y de los hombres, socorredor en toda necesidad, salvador del Salvador del mundo: Id a José, nos claman Pio IX y Leon XIII, á pedirle remedio en los grandes males que nos cercan: á Vos pues, somos enviados; á Vos !oh excelso Patriarca, señor y padre nuestro San José! á Vos venimos...miradnos tan sólo con ojos amorosos, pues nuestra salud está en vuestras manos, ... ¡Salvadnos, que perecemos!

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